El Zarco. La Navidad en las montanas

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Entonces se levantó apresuradamente y corrió al cuarto de su hija.

No la encontró, vio la cama deshecha, pero supuso que se había levantado mucho antes que ella y que estaría en el patio o en la cocina. La buscó allí, y no hallándola todavía, creyó que andaría en la huerta, examinando sus flores y viendo los estragos del temporal, y aun se dijo que Manuela hacía mal en exponerse así a la humedad de la mañana, después de haber estado indispuesta el día anterior; que iba a empaparse con el agua de los árboles, y a mojarse horriblemente los pies en el lodo de la huerta, que era un bosque espeso, cruzado de apantles por todas partes y que se llenaba de charcos con la menor lluvia.

Efectivamente, los naranjos, los zapotes, los mangueros y los bananos dejaban caer una cascada de agua a cada rozamiento de sus ramajes; la luz del sol se reflejaba como en mil diamantes en las gotas de agua que pendían de las menudas hojas, y la grama del suelo se hallaba sumergida en una enorme ciénega.

Hacía mal la muchacha en andar en la huerta de ese modo.

Y la llamó entonces a gritos para reñirla.


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