El Zarco
El Zarco Tales eran los deberes que se imponÃa entonces la autoridad polÃtica de los pueblos para con esos militares, que ni defendÃan a la gente pacÃfica ni se atrevÃan a encararse con los bandidos de que estaba llena la comarca.
—¿Qué tal, comandante —preguntó el prefecto—, ayer y antier han tenido ustedes una buena tarea con los plateados?
—Fuerte, señor prefecto —respondió el comandante atusándose los ásperos bigotes—, muy fuerte; no hemos descansado ni de dÃa ni de noche.
—¿Y lograron ustedes algo?
—¡Oh!, les dimos una correteada a los plateados, terrible. Estoy seguro de que en muchos dÃas no volverán a aparecerse en la cañada de Curnavaca. Han quedado escarmentados.
—¿Cogieron ustedes algunos, eh?
—SÃ: y los hemos dejado colgados, por ahÃ, de los árboles, en donde se estarán campaneando… a esta hora.
—Pero, ¿cayeron todos?
—Todos, no, usted sabe que eso es dificil. Esos cobardes no atacan más que a la gente indefensa, pero luego que ven tropa organizada, como la mÃa, corren, se dispersan.
—Pero el Zarco…, porque dicen que fue el Zarco el que mandaba la gavilla.