El Zarco
El Zarco —¡Oh, amigo prefecto —contestó el militar sin desconcertarse—, tomamos algunos sospechosos de quienes estoy seguro que eran sus cómplices; yo los conozco bien a estos pÃcaros, no pueden disimular su delito; corren de nosotros cuando nos divisan, se ponen descoloridos cuando les hablamos, y a la menor amenaza se hincan, pidiendo misericordia! Ya usted ve que estas son pruebas, porque si no, ¿por qué habÃan de hacer todo eso? Su delito los acusa, son los cómplices, los que avisan a los bandidos, los que ocultan su marcha y los que participan del botÃn. A varios de esos, y según mi parecer, los más importantes, es a quienes he dejado dando vueltas en el aire… ¡Servirá de ejemplo! ¿No le parece a usted?
De manera que el valiente militar habÃa fusilado a algunos infelices campesinos y aldeanos, por simples sospechas, a fin de no presentarse ante su jefe, en Cuernavaca, con las manos limpias de sangre.
El prefecto lo comprendió asà y por tal motivo respondió insistiendo:
—SÃ, señor comandante, eso estuvo bueno siempre; pero, por fin, ¿y el Zarco?
—El Zarco, señor prefecto, debe hallarse ahora muy lejos de aquÃ; tal vez en el distrito de Matamoros o cerca de Puebla, para repartirse el robo con toda seguridad. ¡Bonito él para haberse quedado en este rumbo!