El Zarco

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El comandante puso un extraordinario a Cuernavaca, acusando al joven como hombre peligroso para la tranquilidad pública, presentando lo acaecido en Yautepec como una rebelión y dándose aires de salvador y de enérgico, pero el prefecto de Yautepec y el Ayuntamiento, así como las autoridades de Cuautla, se dirigieron al gobernador del Estado y al gobierno federal, y el administrador de Atlihuayan, al dueño de la hacienda y a sus amigos en México, relatando lo ocurrido. Cruzáronse numerosos oficios, informes, recomendaciones, y se gastó tinta y dinero para aclarar aquel asunto. Nicolás permaneció preso en el cuartel de aquella tropa, que aún esperaba órdenes para escoltar al amigo del presidente. Pero al tercer día llegó una directa del Ministerio de la Guerra para poner en libertad al joven herrero, mandando que el comandante se presentase en México a responder de su conducta.

Todo este embrollo y esta irregularidad eran cosas frecuentes en aquella época de guerra civil y de confusión. Así, pues, del rapto cometido por el Zarco, sólo habían resultado la grave enfermedad de la pobre madre y la prisión del herrero de Atlihuayan, la conmoción de las autoridades de Yautepec, muchas comunicaciones, muchos pasos, muchas lágrimas, pero el delito había quedado impune.



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