El Zarco
El Zarco Así es que aquel enamorado joven, en los días precedentes, apenas había concedido su atención al estado que guardaba, a la incomunicación en que se le mantenía, a las mil incomodidades de su prisión, al peligro mismo de una resolución desfavorable a las gestiones que se hacían para libertarle, a todo.
Doña Antonia y Pilar eran su preocupación única, y no ver a estas dos personas, que para él encerraban el mundo entero, causaba su impaciencia, una impaciencia que llegaba a la desesperación.
En cuanto a Manuela… se había desvanecido completamente en su memoria. El herrero, como todos los hombres de gran carácter, era orgulloso y si en los últimos días aún había manifestado algún afecto a la desdeñosa joven, si en su corazón aún no parecía haberse extinguido el fuego de otro tiempo, había sido solamente porque doña Antonia animaba constantemente con el soplo de sus esperanzas aquella hoguera, casi convertida en cenizas.