El Zarco

El Zarco

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Lo cierto era que no se trataba ahora de combatir a cuadrillas de pocos y medrosos ladrones como aquellos a quienes se había perseguido en otro tiempo, sino a verdaderas legiones de quinientos, mil y dos mil hombres que podían reunirse en un momento, que tenían la mejor caballada y el mejor armamento del país, que conocían éste hasta en sus más recónditos vericuetos; que contaban en las haciendas, en las aldeas, en las poblaciones, con numerosos agentes y emisarios reclutados por el interés o por el miedo, pero que les servían fielmente, y por último, que aleccionados en la guerra que acababa de pasar, y en la que muchos de ellos habían servido tanto en un bando como en el otro, conocían lo bastante para presentar verdaderas batallas, en las que no pocas veces quedaron victoriosos.

Así, pues, Manuela, a quien el Zarco había también instruido en sus frecuentes entrevistas acerca de las ventajas con que contaban los bandidos, acababa por disipar sus dudas, sabiendo que su amante pertenecía a un ejército de hombres valerosos, resueltos y que contaban con todos los elementos para establecer en aquella desdichada tierra un dominio tan fuerte como duradero.




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