El Zarco

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De modo que, por una parte, con el impulso irresistible de su pasión, y por otra, convencida por todas las razones que le daba su amante y el temor de las gentes que la habían rodeado, acabó por confiarse resueltamente en su destino, segura de que iba a ser tan feliz como en sus sueños malsanos lo había concebido.

Pero, en resumen, Manuela, que no había hecho más que pensar en los plateados desde que amaba al Zarco, no conocía realmente la vida que llevaban esos bandidos, ni aún conocía personalmente de ellos más que a su amante. Los había visto varias veces en Cuernavaca desfilar ante sus ventanas, formando escuadrones; pero la rapidez de ese desfile y la circunstancia de no haberse fijado con atención más que en el Zarco, que fue quien la cautivó desde entonces por su gallardía y su lujo, impidieron que pudiese distinguir a ningún otro de aquellos hombres.

Después, retraída en Yautepec, y encerrada justamente por el miedo que tenía doña Antonia de que fuese vista por aquellos facinerosos, Manuela no había vuelto a ver a ninguno de ellos, pues cuando habían solido entrar de día en la población, había tenido que esconderse, ya en el curato, ya en lo más oculto de las huertas, en donde la gente se preparaba escondrijos, en los que permanecían días enteros, hasta que pasaba el peligro.


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