El Zarco
El Zarco Así, pues, no conocía a los bandidos más que de oídas, ya por los relatos seductores que le hacía el Zarco, entremezclados, sin embargo, de alusiones a peligros pasajeros, que, lejos de asustarla, le causaban emociones punzantes, y ya por las terribles narraciones de la gente pacífica de Yautepec, abultadas todavía más por doña Antonia, cuya imaginación había acabado por enfermarla.
De estas noticias tan contradictorias, Manuela, con una parcialidad muy natural en quien amaba a un bandido, había formádose una idea siempre favorable para éste y ventajosa para ella.
Pensaba que el terror de las gentes exageraba los crímenes de los plateados, quienes con la mira de inspirar mayor horror hacia ellos, sus enemigos los pintaban como a monstruos verdaderamente abominables y que no tenían de humano más que la figura; que la vida de crápula constante en que se les suponía encenegados cuando no andaban en asaltos y matanzas, no era más que una ficción de las gentes, aterradas o llenas de odio; que los suplicios espantosos a que condenaban a sus víctimas no eran más que ponderaciones a fin de infundir pavor y arrancar dinero más fácilmente a las familias de los plagiados.