El Zarco

El Zarco

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Aquella misma guarida, Xochimancas, y aquellas alturas rocallosas de las montañas en que solían establecer el centro de sus operaciones, los plateados aparecían en la imaginación de la extraviada joven como esas fortalezas maravillosas de los antiguos cuentos, o por lo menos como los campamentos pintorescos de los ejércitos liberales o conservadores que se habían visto aparecer no hacía mucho, en casi todas las comarcas del país.

Todo esto había pensado Manuela en sus horas de amor y de reflexión y ya resuelta a compartir la suerte del Zarco.

Así es que la noche de la fuga, ella esperaba entrar en un mundo conocido. De pronto, la noche tempestuosa, la lluvia, la emoción consiguiente al abandono de su casa y de su pobre madre, que siempre le hizo mella, a pesar de su pasión y de su perversidad, el verse ya entregada en alma y cuerpo al Zarco todo esto le impidió comparar su situación con sus sueños anteriores y examinar a los compañeros de su amante. Por otra parte, nada había aún de extraordinario en aquellos momentos. Se escapaba de su casa con el elegido de su corazón; éste, caballero o bandido, había tenido que acompañarse de algunos amigos que afrontasen el peligro con él y que le guardasen la espalda; he ahí todo. Ella no los conocía, pero le simpatizaban ya por el solo hecho de contribuir a lo que ella juzgaba su dicha.


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