El Zarco

El Zarco

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Cuando obligados por la tempestad, tanto ella como el Zarco y sus compañeros, se refugiaron en la cabaña del guardacampo de Atlihuayan, todos guardaron silencio y no echaron abajo sus embozos, de modo que así, en la oscuridad y sin hablar, Manuela no pudo distinguir sus fisonomías ni conocer el metal de su voz. Algunas palabras en voz baja, cruzadas con el Zarco, fueron las únicas que interrumpieron aquel silencio que exigía el lugar.

Pero cuando a las primeras luces del alba, y calmada ya la lluvia, el Zarco dio orden de montar, Manuela pudo examinar a los compañeros de su amante: embozados en sus jorongos, siempre cubiertos hasta los ojos, con sus bufandas, no dejaban ver el rostro; pero su mirada torva y feroz produjo un estremecimiento involuntario en la joven, habituada a las descripciones que se le hacían de estas figuras de facinerosos. Entonces fue cuando Manuela, en un pedazo de papel que le dio el Zarco, escribió con lápiz aquella carta dirigida a doña Antonia en que le daba parte de su fuga.

Después, echáronse a andar los prófugos con dirección a Xochimancas, encumbrando rápidamente la montaña en que vimos aparecer al Zarco la primera vez.



👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker