El Zarco

El Zarco

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La comitiva continuó callada. De cuando en cuando, Manuela, que iba delante con el Zarco, escuchaba ciertas risas ahogadas de los bandidos, a las que contestaba el Zarco volviéndose y guiñando el ojo, de un modo malicioso que disgustó a la joven.

Después la cabalgata comenzó a entrar en un laberinto de veredas, unas serpenteando a través de pequeños valles encajados entre altas rocas, y otras pasando por gargantas escabrosas y abruptas apenas frecuentadas por bandidos y leñadores.

Por fin, poco antes de mediodía se divisaron por entre una abra, formada por dos colinas montañosas, las ruinas de Xochimancas, madriguera entonces de los plateados.

De una altura que dominaba aquella hacienda arruinada se oyó un agudo silbido, al que respondió otro lanzado por el Zarco, e inmediatamente un grupo de jinetes se desprendió de entre las ruinas y a todo galope se acercó a reconocer la cabalgata del Zarco, llevando cada uno de aquellos jinetes su mosquete preparado.

El Zarco se adelantó, y rayando el caballo, habló con los del grupo, que se volvieron a toda brida a Xochimancas a dar parte.

Pocos momentos después, el Zarco dijo a Manuela, con tono amoroso:

—Ya estamos en Xochimancas, mi vida, ahí están todos los muchachos.


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