El Zarco
El Zarco En efecto, por entre las viejas y derruidas paredes de las casuchas del antiguo real asà como en los portales derrumbados y negruzcos de la casa de la hacienda, Manuela vio asomarse numerosas cabezas patibularias, todas cubiertas con sombreros plateados, pero no pocas con sombreros viejos de palma; aquellos hombres, por precaución, tenÃan todos en la mano un mosquete o una pistola.
Algunas veces, al atravesar la comitiva, gritaban malignamente:
—¡Miren al Zarco! ¡Qué maldito!… ¡Qué buena garra se trae!
—¿Dónde te has encontrado ese buen trozo, Zarco de tal? —preguntaban otros riendo.
—Esta es para mà nomás —contestaba el Zarco en el mismo tono.
—¿Para ti nomás?… Pos ya veremos… —replicaban aquellos bandidos—. ¡Adiós güerita, es usted muy chula para un hombre solo!
—¡Si el Zarco tiene otras!, ¿pa' qué quiere tantas? —gritaba un mulato horroroso que tenÃa la cara vendada.
El Zarco, enfadado al fin, se volvió, y dijo con ceño: —¡Se quieren callar, grandÃsimos!…