El Zarco

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Un coro de carcajadas le contestó; la comitiva apretó el paso con dirección a una capilla arruinada, que era el alojamiento del Zarco, y éste dijo a Manuela, inclinándose a ella y abrazándola por el talle:

—No les hagas caso, son muy chanceros. ¡Ya los verás qué buenos son!

Pero Manuela se sentía profundamente contrariada. Vanidosa, como era, y aunque sabiendo que se entregaba a un forajido, ella esperaba que este forajido, que ocupaba un puesto entre los suyos, semejante al que ocupa un general entre sus tropas, tuviese sus altos fueros y consideraciones. Creía que los capitanes de bandoleros eran alguna cosa tan temible que hacían temblar a los suyos con sólo una mirada, o bien que eran tan amados, que no veían en torno suyo más que frentes respetuosas y no escuchaban más que aclamaciones de entusiasmo. Y aquella recepción en el cuartel general de los plateados la había dejado helada. Más aún, se había sentido herida en su orgullo de mujer, y puede decirse en su pudor de virgen, al oír aquellas exclamaciones burlonas, aquellas chanzonetas malignas con que la habían saludado al llegar, a ella, que por lo menos esperaba ser respetada yendo al lado de uno de los jefes de aquellos hombres.


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