El Zarco
El Zarco —¡Pobrecita! —continuó aquella mujer—, yo la conocà a usted hace dos años, allá en Yautepec, ¡tan hermosa!, ¡tan decente!, ¡tan bien vestida! ParecÃa usted una Virgen, y que la querÃan a usted mucho los gachupines de la tienda y todos los muchachos bien parecidos de la población, aunque le hablaré a usted francamente, ninguno de ellos valÃa nada en comparación de don Nicolás, el herrero. Él, el pobrecito, es trigueñito, es feo, es desairado, como indio que es, y artesano, pero dicen que es muy trabajador, que tiene ya su dinero y que le quieren mucho. Aquà no hay que hablar bien de él, porque le tienen miedo y es el único a quien no le han podido dar un golpe, porque es muy valiente y no se deja; y como no tiene tierras, ni ganado, ni nada que le puedan coger, sino que tiene su dinero quién sabe dónde, de ahà es que habrÃa necesidad de cogerlo a él para darle tormento y que lo entregara; pero no se ha podido, porque él es muy desconfiado y anda siempre muy bien armado y con otros compañeros, también resueltos. ¡Pero ése sà le habrÃa convenido a usted, niña, y él andaba enamorado desde hacÃa tiempo de usted, y todos lo sabÃan! Eso es hablarIe a usted la verdad y Dios me libre de que me oyera el Zarco, porque me sacaba los ojos, pero es la verdad. El Zarco es cierto que es buen mozo y simpático, y bueno para la pelea y tiene mucha fortuna; pero le diré a usted, tiene su mal genio, y si la sigue viendo a usted triste se va a enojar, y puede que…