El Zarco
El Zarco El Zarco, preocupado también con mil pensamientos diversos, encolerizado contra el Tigre, celoso de Nicolás, cada vez más enamorado de Manuela, pero contrariado infinitamente por las últimas noticias, y por la necesidad que había de marchar, no sabía qué hacer.
Daba vueltas como una fiera encerrada en su jaula; llamaba a las mujeres para que asistieran a su querida, comunicaba órdenes a los bandidos que lo obedecían y lo servían, preparaba maletas, registraba los baúles, se sentaba unas veces a orillas de la cama en que se reclinaba Manuela, y veía a ésta con miradas en que era difícil distinguir el amor, el odio o las tentaciones de una resolución siniestra; y otras se ponía a pasear a lo largo de la capilla, blasfemando.
Por fin, se acercó a la joven y con acento frío y seco le dijo: —Ya eso no tiene remedio; deja de llorar, y prepárate para que marchemos mañana de aquí y ayúdame a hacer las maletas. Guarda bien tus alhajas; eso es lo que te importa.