El Zarco

El Zarco

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Pilar estaba temblando. En cuanto a Manuela, por un rapto de locura, había corrido ya al lado del Zarco y se había abrazado de él y seguía gritando palabras incoherentes.

—Siquiera nos llevaremos a Manuela —dijo Pilar.

—Si ustedes quieren, pueden Ilevársela, pero esa muchacha es una malvada; acabo de quitarle un saco en que tenía las alhajas de los ingleses que mataron en Alpuyeca…, ¡alhajas muy ricas!, ¡no merece compasión!

Sin embargo, por orden de Martín Sánchez, un soldado procuró arrancar a la joven del lado del Zarco, a quien tenía abrazado estrechamente, pero fue en vano. El Zarco le dijo:

—¡No me dejes, Manuelita, no me dejes!

—¡No —respondió Manuela—, moriré contigo!… Prefiero morir a ver a Pilar con su corona de flor de naranjo al lado de Nicolás, el indio herrero a quien dejé por ti…

—Vámonos —dijeron el cura y los demás vecinos despavoridos—. Esto no tiene remedio.

Pilar se puso a sollozar amargamente; Nicolás se despidió de Martín Sánchez.

—Señor cura, usted puede quedarse. Éstos han de querer confesarse, tal vez.

—Sí, me quedaré —dijo el cura—, es mi deber.

Y la comitiva nupcial, antes tan alegre, partió como una procesión mortuoria y apresuradamente.


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