El Zarco

El Zarco

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Cuando se había perdido a lo lejos, y no había quedado ya ningún rezagado en el camino, Martín Sánchez preguntó al Zarco y al Tigre si querían confesarse.

El Zarco dijo que sí y el cura lo oyó pronto y lo absolvió; pero el Tigre dijo a Martín:

—¿Pero, yo también voy a morir, don Martín?

—Tú también —respondió éste con terrible tranquilidad.

—¿Yo? —insistió el Tigre—, ¿yo que le di a usted el aviso para que viniera, y que le dije a usted de las señas del camino que seguíamos, y que le avisé que tendría yo un pañuelo colorado en el sombrero para que me distinguiera?

—Nada tengo que ver con eso —respondió Martín—. Yo nada te prometí; peor para ti si fuiste traidor con los tuyos. Vamos, muchachos, fusilen al Zarco y después cuélguenlo de esa rama…; véndenlo primero…

El Zarco apenas podía tenerse en pie; el terror lo había abatido. Con todo, alzó la cara, y viendo la rama de que colgaban ya los soldados una reata, murmuró:

—¡La rama en que cantaba el tecolote!… ¡Bien lo decía yo!… ¡Adiós, Manuelita!


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