El Zarco
El Zarco Manuela se cubrió la cara con las manos. Los soldados arrimaron al Zarco junto al tronco y dispararon sobre él cinco tiros, y el de gracia. Humeó un poco la ropa, saltaron los sesos, y el cuerpo del Zarco rodó por el suelo con ligeras convulsiones. Después fue colgado en la rama, y quedó balanceándose allí. Manuela pareció despertar de un sueño. Se levantó, y sin ver el cadáver de su amante, que estaba pendiente, comenzó a gritar como si aún tuviese delante el guayín de los desposados:
—¡Sí, déjate esa corona, Pilar; tú quieres casarte con el indio herrero; pero yo soy la que tengo la corona de rosas… ¡yo no quiero casarme, yo quiero ser la querida del Zarco, un ladrón!…
En esto alzó la cabeza; vio el cuerpo colgado… después contempló a los soldados, que la veían con lástima, luego a don Martín, luego al Tigre, que estaba inclinado y mudo, y después se llevó las manos al corazón, dio un grito agudo y cayó al suelo.
—¡Pobre mujer —dijo don Martín—, se ha vuelto loca! Levántenla y la llevaremos a Yautepec.
Dos soldados fueron a levantarla, pero viendo que arrojaba sangre por la boca, y que estaba rígida y que se iba enfriando, dijeron al jefe:
—¡Don Martín, ya está muerta!
—Pues a enterrarla —dijo Martín con aire sombrío—, y vámonos a concluir la tarea.