El Zarco

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—No —respondió con intensa amargura el honrado joven—, no cogerán a nadie. Son pocos en comparación con los plateados, que deben haberse refugiado en Xochimancas. Solamente allí tienen más de quinientos hombres, bien montados y armados, sin contar con las muchas partidas que andan en todos los caminos. Además, ya estamos acostumbrados a estos vanos alardes. Cuando se comete un robo de consideración o se asalta a personas distinguidas, se hace escándalo; el gobierno de México manda órdenes terribles a las autoridades de por aquí; éstas ponen en movimiento sus pequeñas fuerzas, en que hay muchos cómplices de los bandidos y que les dan aviso oportunamente. Se hace ruido una semana o dos y todo acaba allí. Entre tanto, nadie hace caso de los robos, de los asaltos, de los asesinatos que se cometen diariamente en todo el rumbo, porque las víctimas son infelices que no tienen nombre ni nada que llame la atención.

—¡Ay Dios, Nicolás —dijo con interés la señora—, y usted que se arriesga todas las tardes para venir de Atlihuayan, sólo por vemos! Yo le ruego a usted que no lo haga ya.

—¡Ah!, no, señora —respondió Nicolás sonriendo tranquilamente—; en cuanto a mí, pierda usted cuidado. Yo soy pobre, nada tienen que robarme. Además, la distancia de Atlihuayan a acá es muy corta, nada arriesgo verdaderamente con venir.


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