El Zarco
El Zarco Ese aspecto tranquilo y apacible de la naturaleza y ese santo rumor de trabajo y de movimiento que parecía un himno de virtud, no parecieron hacer mella ninguna en el ánimo del jinete, que sólo se preocupaba de la hora, porque después de haber permanecido en muda contemplación por espacio de algunos minutos, se apeó del caballo, estuvo paseándolo un rato en aquella meseta, después apretó el cincho, montó, e interrogando de nuevo a la luna y a las estrellas, continuó su camino cautelosamente y en silencio. A poco estaba ya en la llanura y entraba en un ancho sendero que conducía a la tranca de la hacienda; pero al llegar a una encrucijada tornó el camino que iba a Yautepec, dejando la hacienda a su espalda.
Apenas acababa de entrar en él andando al paso, cuando vio pasar a poca distancia, y caminando en dirección opuesta, a otro jinete que también iba al paso, montado en un magnífico caballo oscuro.
—¡Es el herrero de Atlihuayan! —dijo en voz baja, inclinando la ancha faja de su sombrero para no ser visto, aunque la bufanda de lana le cubría el semblante hasta los ojos.
Después murmuró, volviendo ligeramente la cabeza para ver al jinete, que se alejaba con lentitud:
—¡Qué buenos caballos tiene este indio!… Pero no se deja… ¡Ya veremos! —añadió con acento amenazador.