El Zarco

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—Pero ¿te avendrás a la vida que llevo, siquiera por esos días? Vamos a Xochimancas; ya sabes quiénes son mis compañeros; es verdad que tienen ellos allí a sus muchachas, pero no son como tú: ellas están acostumbradas a pasar trabajos, montan a caballo, ayunan algunas veces, se desvelan, no se escandalizan por lo que pasa, porque pasan cosas un poco feas… en fin, son como nosotros. Tú eres una muchacha criada de otra manera…, tu mamá te quiere mucho. Tengo miedo de que te enfades, de que llores, acordándote de tu mamá y de Yautepec…, de que me eches la culpa de tu desgracia, de que me aborrezcas.

—Eso nunca, Zarco, nunca; yo pasaré cuantos trabajos vengan, yo también sé montar a caballo, y ayunaré y me desvelaré, y veré todo sin espantarme con tal de estar a tu lado. Mira —añadió Manuela, con voz sorda y en el extravío de su pasión frenética—, yo quiero, en efecto, mucho a mi mamá, aunque de pocos días a esta parte me parezca que la quiero menos; sé que le voy a causar tal vez la muerte, pero te prometo no llorar cuando me acuerde de ella, con la condición de que tú estés conmigo, de que me quieras siempre, como yo te quiero, de que nos vayamos pronto de este rumbo.



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