El Zarco
El Zarco —¡Pero si yo te digo lo que cuentan; yo hago cóleras cuando lo escucho, y no tengo más consuelo que decÃrtelo! Ahora, mi deseo de que atacaran a la tropa, debes suponer que es causado por el amor mismo que te tengo, para que no nos separemos. Si tienes otro medio…, el de casamos, por ejemplo.
—¿Casarnos?
—SÃ, y ¿por qué no?
—¿Pero tú no piensas en que no podemos casarnos?
—¿Por qué, dÃmelo?
—Por mil razones. Llevando la vida que llevo, siendo como soy tan conocido, teniendo tantas causas pendientes en los juzgados, habiendo naturalmente orden de colgarme donde me cojan, ¿adónde habÃa yo de ir a presentarme para que nos casaran? ¡Estás loca!
—Pero ¿no podemos irnos lejos de este rumbo, a Puebla, al Sur, a Morelos, a donde no te conozcan para casarnos?
—Pero para eso serÃa preciso que te sacara yo de aquÃ, que te robara yo, que te fueras conmigo a Xochimancas mientras… y después emprenderÃamos el viaje a otra parte.
—Pues bien —replicó la joven resueltamente, después de reflexionar un momento—, puesto que no queda más que ese recurso, sácame de aquÃ, me iré contigo a donde quieras.