El Zarco
El Zarco Asà es que tan pronto como el Zarco estuvo seguro de que la joven se hallaba resuelta a arrostrarlo todo con tal de seguirlo, se sintió feliz, y toda la sangre de sus venas afluyó a su corazón en aquel instante supremo.
—Bueno —dijo, separándose de los brazos de Manuela—. Entonces no hay más que hablar, te sales conmigo y nos vamos…
—¿Ahora? —preguntó la joven con alguna indecisión.
—No, no ahora —contestó el bandido—; ahora es tarde y no podrÃas prepararte. Mañana; vendré por ti a la misma hora, a las once. No des en qué sospechar para nada a tu madre; estate en el dÃa, como si tal cosa, con mucho disimulo; no saques más ropa que la muy necesaria. Allá tendrás toda la que quieras; pero saca tus alhajas y el dinero que te he dado; guardas todo eso aparte, ¿no es verdad?
—SÃ, lo tengo en un baulito, enterrado.
—Pues bien: sácalo y me aguardas aquà mañana, sin falta.
—Y ¿si por casualidad llegara la tropa del gobierno? —preguntó Manuela con inquietud.