El Zarco

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—No, no vendrá, estate segura. La tropa del gobierno habrá andado todo el día de hoy buscándonos; luego, como tienen esos soldados una caballada tan flaca y tan miserable, descansarán todo el día de mañana, y a lo sumo volverían a Cuernavaca pasado mañana, de modo que no estarán aquí sino dentro de cuatro días. Así es que tenemos tiempo. Tú puedes alistar tus baúles con tu mamá como preparándote para el viaje a México, y no dejas fuera más que la ropa que te has de traer. Si por desgracia ocurriere alguna dificultad que te impida salir a verme, me avisarás luego, luego con la vieja, que me ha de aguardar donde sabe, para darme aviso. Pero si no hay nada, ni a ella le digas una palabra. Toma —añadió, sacando de los bolsillos de su chaqueta unas cajitas y entregándoselas a la joven.

—¿Qué es esto? —preguntó ella recibiéndolas.

—Ya las verás mañana y te gustarán… ¡son alhajas! Guárdalas con las otras —dijo el bandido abrazándola y besándola por último—. Ahora me voy, porque ya es hora; apenas llegaré amaneciendo a Xochimancas; hasta mañana, mi vida.

—Hasta mañana —respondió ella—, no faltes.

—¡Mañana serás mía, enteramente!

—Tuya para siempre —dijo Manuela, enviándole un beso, y quedándose un instante en la cerca para verlo partir.


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