El Zarco

El Zarco

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Cuando ella conoció que era próximamente la hora señalada, se levantó de puntillas, con los pies desnudos, bien cubierta la cabeza y espaldas con un abrigo de lana, y así, alzando su enagua de muselina hasta la rodilla, abrió la puerta de su cuarto, quedito y se lanzó al patio, alumbrándose con su linterna sorda, que cubría cuidadosamente.

Era la última vez que salía de la casa materna, apenas concedió un pensamiento a la pobre anciana que dormía descuidada y confiando en el amor de su hija querida.

Por lo demás, Manuela, atenta sólo a realizar su fuga, no procuraba otra cosa que apresurarse, y si su corazón latía con violencia, era por el temor de ser sentida y de malograr su empresa.

Dichosamente para ella, el aguacero seguía en toda su fuerza, y nadie podría sospechar que ella saliese de su cuarto con aquel temporal; así es que atravesó rápidamente el patio, se internó entre la arboleda, pasó el apantle que rodeaba el soto de la adelfa, y allí, escarbando de prisa, sin preocuparse de la lluvia, que la había empapado completamente, y sólo cuidando de que la linterna no se apagase, extrajo el saco del tesoro, lo envolvió en su rebozo y se dirigió a la cerca, trepando por las raíces del amate hasta el lugar en que solía esperar al Zarco.


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