El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Cruzó las calles del pueblo, ahora mucho más silenciosas que de costumbre. Las miradas lo seguÃan, pero ya no eran de adoración ni de esperanza. Eran de duda, de desilusión. Frente a la plaza, Purito subió a la fuente central, atrayendo la atención de los pocos que estaban cerca.
—Escúchenme, por favor —dijo con voz firme—. No soy el sobrino de Dios. No soy un santo, ni un milagro. Soy solo un chico como cualquiera de ustedes.
La gente comenzó a murmurar, pero Purito alzó la mano para pedir silencio.
—Sé que esperaban algo de mÃ, algo grande. Pero no tengo poderes, ni respuestas. Solo tengo esto —dijo, señalándose el pecho—. Y quiero usarlo para ayudar, pero no como creen.
Desde la multitud, una mujer preguntó: —Entonces, ¿qué piensas hacer?
Purito tomó aire. —Lo que pueda. Si necesitan ayuda, estaré aquÃ. No prometo milagros, pero haré todo lo que esté en mis manos.
El murmullo de la multitud se calmó, y aunque algunos se marcharon, otros se quedaron, observándolo con una mezcla de curiosidad y respeto. Por primera vez en semanas, Purito sintió que podÃa respirar.