El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Los dÃas siguientes no fueron fáciles. La casa ya no estaba rodeada de peregrinos, pero algunos vecinos comenzaron a acercarse con problemas más simples. Un hombre necesitaba ayuda para reparar su tejado. Una anciana buscaba compañÃa para hablar de sus recuerdos. Y asÃ, poco a poco, Purito empezó a reconstruir su lugar en el pueblo.
Una tarde, mientras ayudaba a una mujer a cargar un saco de maÃz, un niño se acercó tÃmidamente. —¿De verdad no eres el sobrino de Dios? —preguntó con ojos curiosos.
Purito sonrió y se agachó para mirarlo a los ojos. —No más que tú, amigo.
El niño pareció pensar en sus palabras por un momento antes de sonreÃr y correr de vuelta con su madre. Purito observó la escena con una nueva sensación en el pecho: paz.
Tal vez no era un santo, pero estaba aprendiendo que no necesitaba serlo para marcar una diferencia. Y eso, en el fondo, era suficiente.