El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Purito ya no soportaba el peso de su propia existencia. Se sentía como una marioneta atrapada en los hilos de las expectativas del pueblo, de su familia, y de una idea de divinidad que nunca entendió ni pidió. Una noche, con solo una mochila y unas pocas monedas, abandonó el pueblo. Caminó durante horas, atravesando campos y caminos desiertos, hasta que sus pies encontraron un pequeño pueblo vecino.
Ahí, por casualidad, se topó con un grupo de personas sentadas alrededor de una fogata en un parque. No eran los devotos ni los desesperados que solían perseguirlo, sino un grupo heterogéneo: jóvenes con libros desgastados, un anciano con una pipa, y un par de mujeres que discutían apasionadamente sobre filosofía. Purito se acercó con cautela, pero no pasó desapercibido.
—¿Buscas algo, amigo? —preguntó uno de los jóvenes, haciéndole un gesto para que se acercara.
—Solo descanso... y quizá un poco de silencio —dijo Purito, sentándose en el borde del círculo.
—Silencio no vas a encontrar aquí —rió el anciano, expulsando una bocanada de humo—. Pero si quieres hablar de todo lo que no entendemos, estás en el lugar correcto.