El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Intrigado, Purito permaneció allí. Durante las horas siguientes, escuchó debates sobre religión, la existencia, y la constante búsqueda de sentido en un universo caótico. Fue la primera vez en meses que nadie le pidió nada, que no lo miraron como una solución a sus problemas, sino como a un igual.
—La fe es como un cuchillo —dijo una de las mujeres—. Puede ser una herramienta o un arma, depende de cómo se use.
—¿Y si alguien no sabe qué hacer con ella? —preguntó Purito, su voz apenas un susurro.
El grupo lo miró con atención. —Entonces —respondió el anciano—, quizás sea hora de decidir qué es lo que quieres cortar.
Aquellas palabras se quedaron grabadas en su mente. Esa noche, mientras el grupo dormía y Purito permanecía despierto bajo el cielo estrellado, miró las constelaciones y sintió algo diferente. Ya no buscaba señales ni respuestas divinas. Por primera vez, entendió que no necesitaba ser nadie más que él mismo.
—Tal vez no soy el sobrino de Dios —murmuró, su voz mezclándose con el viento—. Pero puedo ser alguien bueno.