El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Que el ingenio de Álvaro de Laiglesia es inexhausto, inagotable, lo demuestra palmariamente el propio autor con la vigente evolución, en nada decadente, de su opulenta producción literaria. Esta vez el título de la novela y algunas reiteradas frases ofrecen cierto sabor bíblico que va desvaneciéndose a medida que avanza la divertida narración hasta aclararse la auténtica identidad del protagonista y sus secuaces. El estilo de Álvaro de Laiglesia, siempre a punto, se actualiza con abundantes vocablos de moda, que sobresalen y aumentan con su estridencia el léxico «secreto» de expresiones exclamativas, no siempre ortodoxas, divulgadas sumamente y que acrecientan el vocabulario de muchas personas. Terminada la novela, se suceden siete narraciones breves en las que domina el humorismo del autor, maestro en el difícil arte de compendiar en todo momento sus espléndidas dotes imaginativas
Purito era un niño singular en un mundo que no aceptaba lo diferente. Desde pequeño, su apodo había sido motivo de burlas entre los chicos del pueblo. “Purito”, diminutivo de “Purificación”, sonaba más a una marca de cigarros que al nombre de un muchacho. Cada vez que alguien lo llamaba, sentía cómo su estómago se encogía, como si algo dentro de él supiera que estaba destinado a destacar, aunque no del modo que imaginaba.
