El sobrino de Dios
El sobrino de Dios El pueblo donde vivÃa, un rincón olvidado por la modernidad, era un hervidero de chismes. Las amas de casa se apostaban en las ventanas, los ancianos en las plazas, y los niños jugaban en las calles polvorientas bajo la atenta mirada de vecinos que parecÃan tener una opinión sobre todo. La monotonÃa era la ley, y cualquier cosa que rompiera la rutina, incluso un pequeño escándalo, era tratado como una novedad revolucionaria.
Purito creció en este entorno, marcado por una mezcla peculiar de devoción religiosa y absurdos cotidianos. Sus padres, Lola y Paco, no eran exactamente figuras convencionales. Lola, ferviente en su fe, encontraba mensajes divinos en las cosas más mundanas: un rayo de luz en el comedor, una nube con forma de cruz, o incluso en el número exacto de aceitunas en su ensalada. Paco, por otro lado, era un hombre pragmático y un tanto excéntrico, que siempre parecÃa atrapado entre el escepticismo y el temor de ofender a su esposa.
—Purito, hijo mÃo, no te ensucies antes de misa —le decÃa Lola mientras le ataba con firmeza la corbata.
—Pero mamá, si apenas he salido al patio —protestaba él.
—No importa. Tú no eres como los demás niños. Estás destinado para algo grande.
