El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Purito no entendía del todo lo que su madre quería decir. ¿Grande cómo? ¿Grande como un cura? ¿Un alcalde? ¿O algo más? Esas palabras quedaban flotando en su mente, confusas y desconcertantes, como si fueran una profecía que aún no podía descifrar.
Sin embargo, su vida transcurría dentro de lo que podía llamarse normalidad. Asistía a la escuela local, donde soportaba los apodos de sus compañeros: “Purito puro”, “el tabaco santo” y otras ocurrencias que, con el tiempo, habían perdido su gracia inicial. Se refugiaba en los pocos amigos que tenía y en las tardes largas de juegos improvisados en el río cercano.
Todo cambió una tarde de verano. El calor era asfixiante, y el comedor de la casa familiar estaba inundado por el olor de la sopa que Lola había preparado. Paco, con un aire inusualmente serio, llamó a Purito al comedor. Lola estaba sentada junto a él, con las manos cruzadas sobre la mesa.
—Hijo, siéntate —dijo Paco con un tono grave que Purito no reconocía.
—¿He hecho algo malo? —preguntó el chico mientras se acomodaba en la silla.
—No, no es eso —respondió su madre, tratando de suavizar la tensión—. Es algo que debes saber.
—¿Qué cosa?
