El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Paco tomó aire, como si estuviera a punto de confesar un secreto que habÃa guardado durante años. Sus ojos se clavaron en los de su hijo.
—Hijo, tú no eres un chico cualquiera. Tú... eres el sobrino de Dios.
El silencio que siguió fue tan denso que Purito sintió que podÃa tocarlo. Se quedó paralizado, con un trozo de pan en la mano a medio camino entre el plato y su boca.
—¿El qué? —logró balbucear después de unos segundos.
—SÃ, hijo mÃo —continuó Paco—. Cuando naciste, tu madre y yo fuimos testigos de algo... extraordinario. Una señal que dejó claro que habÃas sido elegido.
—¿Una señal? —Purito parpadeó, intentando procesar lo que escuchaba.
Lola asintió con entusiasmo. —Una luz brillante apareció en tu cuna. Nunca he visto algo asÃ.
—Pensé que era un reflejo del sol —interrumpió Paco, rascándose la cabeza—, pero luego... bueno, cosas empezaron a suceder.
Purito dejó el pan sobre la mesa y se frotó los ojos, como si esperara despertar de un sueño absurdo.
—¿Esto es una broma? —preguntó finalmente.
