El sobrino de Dios
El sobrino de Dios —No, hijo. Es la verdad —aseguró su madre, acercándose para tomarle la mano—. Tú estás aquà por un propósito especial.
El muchacho miró a sus padres, buscando señales de ironÃa o burla, pero todo lo que vio fue una fe inquebrantable en sus ojos. Era la primera vez en su vida que se sentÃa completamente desconcertado, como si el suelo bajo sus pies hubiera desaparecido.
Ese dÃa, el mundo de Purito cambió para siempre.
La confesión de sus padres dejó a Purito en un estado de incredulidad. Durante dÃas, evitó el tema, como si ignorarlo lo protegiera de la locura que parecÃa haber invadido su hogar. Pero sus padres no cedÃan. Paco, con su tono solemne, seguÃa insistiendo en la singularidad de su hijo, enumerando eventos que, según él, probaban su origen especial.
—¿Recuerdas aquella vez que el huracán cambió de rumbo justo antes de llegar al pueblo? —dijo Paco una noche durante la cena.
—Papá, yo tenÃa dos años. Apenas podÃa hablar, mucho menos controlar huracanes —respondió Purito con los ojos clavados en su plato.
—Pero lloraste justo en ese momento, hijo. Fue una señal.
