El sobrino de Dios
El sobrino de Dios Purito suspiró y llevó su plato al fregadero. Trató de distraerse con tareas cotidianas, pero los comentarios de su madre lo perseguÃan.
—Y aquella vez que caÃste del árbol y no te hiciste ni un rasguño, ¿eh? Eso no es normal, hijo mÃo —añadió Lola mientras fregaba los platos—. La abuela decÃa que estabas bendito.
—O quizás simplemente tuve suerte —replicó Purito, frotándose las sienes.
Sin embargo, lo que comenzó como una conversación privada pronto se convirtió en dominio público. Nadie en el pueblo sabÃa guardar un secreto, y la supuesta condición divina de Purito se filtró como agua entre las grietas. Una mañana, al salir de casa, lo recibió un murmullo inquietante. En cada esquina, en cada ventana, los vecinos cuchicheaban y lo observaban como si esperaran algo.
—Dicen que es el sobrino de Dios —murmuró una anciana, apretando su rosario mientras pasaba.
—¿Crees que sea verdad? —preguntó otra mujer, inclinada sobre el pozo de la plaza.
Al principio, Purito trató de ignorarlo. Caminaba con la cabeza gacha, evitando el contacto visual. Pero los rumores se transformaron rápidamente en demandas.
—¡Purito! —le gritó una vecina mientras él cruzaba la plaza con un pan bajo el brazo—. ¡Haz que mi marido deje de beber!
