Los amantes de Praga
Los amantes de Praga Ella rió, y él le extendió un croissant que había pedido para ella. Era su rutina, su pequeño ritual. Josef Baum, estudiante de medicina, meticuloso, ordenado, con su futuro planeado al detalle. Lenka Maizel, artista, caótica, con tinta y carbón en los dedos.
Praga era su hogar, su fortaleza. La ciudad vibraba con una energía que los envolvía: las veladas en la ópera, las discusiones acaloradas en las universidades, las exposiciones en galerías de arte que hablaban de una Europa en cambio. Pero bajo la superficie, algo oscuro se deslizaba.
Los rumores sobre los nazis no eran solo rumores. La tensión estaba en las miradas esquivas de los comerciantes judíos, en las noticias que llegaban de Alemania, en la voz de su padre cada vez que hablaba en susurros con otros miembros de la comunidad.
—Nos iremos a París cuando acabe el semestre —dijo Josef de repente. Lenka lo miró, sorprendida. —¿París? —Solo unos meses. Un escape. Luego volveremos.
Ella quiso creerlo. Quiso aferrarse a la idea de que la ciudad seguiría igual cuando regresaran. Que sus padres estarían bien. Que nada cambiaría.
Pero el cambio llegó más rápido de lo que imaginaban.