Los amantes de Praga
Los amantes de Praga Una noche, el padre de Lenka la llamó a su despacho. Sobre la mesa de caoba había una carta sin abrir con el sello oficial del gobierno. Cuando la rompió y leyó su contenido, su rostro se tensó.
—Nos han quitado el negocio.
El vidrio. Toda su vida giraba en torno al vidrio. Su padre había construido un imperio creando piezas de una belleza imposible, copas con bordes dorados, espejos con marcos tallados, jarrones tan delicados que parecían respirar. Ahora, los nazis lo reclamaban todo.
El golpe fue inmediato. Amigos que dejaban de saludar en la calle. Vecinos que cerraban las puertas cuando los Maizel pasaban. Susurros a sus espaldas. La sensación de que, en cualquier momento, la ciudad que había sido su refugio podría volverse su trampa.
Josef la tomó de la mano una tarde, mientras paseaban por el puente de Carlos.
—Nos casaremos ahora —dijo él. —¿Ahora? —Lenka sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. —Te amo. Quiero estar contigo. Quiero que, pase lo que pase, siempre tengamos esto.
Ella lo miró. Pensó en su arte, en su familia, en el país que ya no parecía suyo. Y entonces, simplemente, asintió.