Corazón

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Se abre la puerta… y ¿qué veo? Al mismísimo Garoffi, con su capote largo, la cabeza gacha y sin atreverse a entrar.

—¿Quién es? —pregunta el enfermo.

—El chico que tiró la bola de nieve —dice mi padre.

El viejo exclama entonces:

—¡Pobre criatura! Ven aquí. Has venido a preguntar cómo estoy, ¿verdad? Pues estate tranquilo, que me encuentro mucho mejor y casi curado. Acércate.

Garoffi, cada vez más confuso, se aproxima a la cama, esforzándose por no llorar; el viejo le acaricia, pero sin poder hablar.

—Gracias —le dice al fin el anciano—; puedes decir a tu padre y a tu madre que todo va bien y que no tienen que preocuparse.

Pero Garoffi no se mueve, pareciendo querer decir algo, a lo que no se atreve.

—¿Tienes algo que decirme?

—Yo, nada.

—Está bien, chiquito. Puedes irte en paz.

Garoffi se ha ido hasta la puerta; allí se ha detenido y luego se ha acercado donde está el sobrinillo, que le ha seguido y mirado con curiosidad. De pronto se saca algo de debajo del capote y se lo ofrece al pequeño, diciéndole:

—Esto para ti.


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