Corazón
Corazón Pero lo mejor ha ocurrido a la salida. Le esperaba su padre, un sangrador, grueso y tosco como él, de cara ancha y voz de trueno. El hombre no se esperaba aquella medalla, ni lo quería creer; fue menester que se lo asegurase el maestro, y entonces se echó a reír de gusto, dio una suave manotada en el pescuezo de su hijo, diciendo en voz alta:
—¡Muy bien, querido ceporrón mío!
Y le miraba sumamente complacido, asombrado y riéndose de gusto. También nos sonreíamos todos los que estábamos a su alrededor; pero no él, que estaba serio pensando ya en la lección del día siguiente.