Corazón

Corazón

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El suplente agarraba por el brazo ya a uno, ya a otro, los sacudía y hasta puso a uno de cara a la pared. Todo resultaba inútil.

No sabiendo ya qué hacer, ni a qué santo invocar, decía:

—¿Pero por qué hacéis esto? ¿Queréis obligarme a castigaros? —después daba fuertes puñetazos en la mesa y gritaba con voz de rabia y de impotencia:

—¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio!

Daba realmente pena oírle; pero el griterío seguía aumentando.

Franti le tiró una flecha de papel; unos imitaban el maullar de los gatos; otros se daban pescozones; era un desbarajuste imposible de describir. De pronto entró el bedel y dijo:

—Señor maestro, le llama el Director.

El maestro se levantó y salió de prisa desesperado. El alboroto se hizo entonces más fuerte.

Mas he aquí que sube Garrone al estrado, descompuesto y apretando los puños, gritando, ahogado por la indignación:

—¡Acabad de una vez! Sois unos perfectos botarates. Abusáis porque es bueno. Si os moliese los huesos, estaríais más sumisos que los perros. Sois una cuadrilla de truhanes. Al primero que haga ahora lo más mínimo, le espero fuera y le rompo los dientes, ¡aunque sea en presencia de su padre!


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