Corazón
Corazón —¿Qué me dices de esta cabeza de hierro? Es testarudo, llegará a ser algo: yo te lo aseguro.
Y Stardi entornaba los ojos al recibir aquellas rudas caricias, como un perro de caza.
Yo no sé por qué, pero no me atrevo a bromear con él; no me parece cierto que tenga solamente un año más que yo; y cuando me dijo: «Hasta la vista», en la puerta, con aquella cara redonda, siempre bronceada, poco me faltó para responderle:
—A su disposición.
Se lo dije después a mi padre en casa.
—No lo comprendo: Stardi no tiene talento, carece de buenas maneras, su figura es casi ridÃcula, y sin embargo me infunde respeto.
—Porque tiene carácter —respondió mi padre.
Y añadà yo:
—En una hora que he estado con él no ha pronunciado cincuenta palabras, no me ha enseñado un juguete, no se ha reÃdo una vez, y sin embargo, he estado tan contento.
—Porque lo estimas —añadió mi padre.