Corazón

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Desde una habitación del primer piso dirigía la defensa el capitán, cursando órdenes como pistoletazos, sin que en su cara de hierro se notase signo alguno de emoción. El tamborcillo, un poco pálido, pero firme sobre sus piernas, subido a una mesa, estiraba el cuello, apoyándose en la pared, para mirar al exterior por las ventanas; por los campos, a través del humo, veía los blancos uniformes de los austríacos, que avanzaban lentamente. La casa se hallaba en lo alto de empinada pendiente, y por la parte de la cuesta sólo tenía una ventanilla alta, único hueco de una pequeña habitación del último piso; por eso los austríacos no amenazaban la casa por aquella parte; solamente se hacía fuego contra la fachada y los dos flancos.

Pero era un fuego infernal, una verdadera granizada de balas, que desde el exterior resquebrajaba las paredes, hacía trizas las tejas y destrozaba en el interior techumbres, muebles, puertas, arrojando al aire astillas, nubes de yeso y fragmentos de vasijas de barro y de vidrios, silbando, rebotando, rompiéndolo todo con un fragor espeluznante. De vez en cuando caía al suelo alguno de los que disparaban por las ventanas, siendo llevado aparte. Otros iban vacilantes, de habitación en habitación apretándose las heridas con las manos. En la cocina había ya un muerto, con la frente agujereada. El cerco enemigo se iba estrechando.


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