Corazón
Corazón «¡Ah, no ha sido más que una caída!», dijo para sí y respiró. El muchacho, efectivamente, volvió a correr con todas sus fuerzas, aunque cojeaba. «¡Se ha debido torcer un pie!», pensó el capitán. Todavía se levantó alguna que otra nubecilla de polvo en torno del valiente soldadito, pero cada vez más lejos de él. ¡Estaba a salvo! El capitán lanzó una exclamación de alivio. Con todo le siguió con la vista y temblando, porque era cuestión de unos minutos; de no llegar a tiempo con el escrito en el que pedía inmediata ayuda, o todos sus soldados caerían muertos o tendría que rendirse con los supervivientes, como prisionero. El pequeño sardo corría velozmente un rato, mas luego aminoraba la marcha, cojeando; después reanudaba la carrera, pero con indudables muestras de agotamiento, deteniéndose a cada instante. «¡Le habrá rozado un pie alguna bala!», pensó el capitán. No le quitaba ojo, sumamente angustiado, y le daba ánimos como si le pudiera oír. Medía incesantemente con la vista la distancia que le faltaba para llegar al sitio donde se veían relucir bayonetas, allá en el llano, en medio de unos trigales dorados por el sol.
Entretanto oía el silbido y el estrépito de las balas en las dependencias de abajo, las voces de mando y los gritos de rabia de los oficiales y sargentos, los agudos quejidos de los heridos, el ruido de los muebles y de los desconchados de pared que se iban desprendiendo.