Corazón
Corazón Entonces bajó impetuosamente; las balas entraban a granizadas; las habitaciones estaban llenas de heridos, algunos de los cuales se retorcían como embriagados, agarrándose a los muebles; las paredes y el pavimento estaban teñidos de sangre; había cadáveres en los umbrales de las puertas; el teniente tenía el brazo derecho destrozado por una bala, y todo estaba envuelto por el humo y el polvo.
—¡Ánimo! —gritó el capitán—. ¡Permaneced en vuestros puestos! ¡Van a llegar refuerzos! ¡Un poco de valor todavía!
Los austríacos se habían aproximado más, y a través del humo se veían sus caras descompuestas. En medio de los tiros se les oía gritar salvajemente, insultando a los nuestros e intimándoles a que se rindiesen, so pena de degollarlos. Algún que otro soldado, inducido por el miedo, se retiraba de las ventanas y los sargentos le empujaban hacia adelante.
De todas formas iba disminuyendo la resistencia de los sitiados y el desaliento se manifestaba en todos los rostros, no pareciendo posible que pudiese continuar la defensa. En cierto momento, el ataque de los austríacos fue remitiendo, y una voz de trueno gritó, primeramente en alemán y luego en italiano:
—¡Rendíos!
—¡No! —respondió el capitán desde una ventana.