Corazón
Corazón Y el tiroteo se reanudó con mayor rabia por ambas partes. Cayeron otros soldados, y ya había más de una ventana sin defensores. El momento fatal parecía inminente. El capitán gruñía entre dientes con voz que se le ahogaba en su garganta: «¡No vienen! ¡No vienen!». Corría furioso de un lado para otro, doblando el sable con mano convulsa, resuelto a morir, hasta que un sargento, bajando apresuradamente del desván, gritó con voz estentórea:
—¡Ya llegan, ya llegan!
Ante semejante anuncio, los sanos y los heridos, los sargentos y los oficiales, acudieron presurosos a las ventanas, y se prosiguió la resistencia con renovado esfuerzo.