Corazón
Corazón Pero al día siguiente, habiéndose reanudado la lucha, los italianos fueron derrotados, a pesar de su indudable valor, por la abrumadora mayoría de los austríacos; y en la mañana del veintiséis tuvieron que emprender la retirada hacia el Mincio.
El capitán, aunque herido, fue a pie juntamente con sus soldados, cansados y silenciosos, y llegando al ponerse el sol a Goito, a orillas del Mincio, buscó enseguida a su teniente, que había sido recogido por una ambulancia con el brazo roto y debía haber llegado allí antes que él. Le indicaron una iglesia, donde se había improvisado un hospital de campaña. Entró y vio que el sagrado recinto se hallaba lleno de heridos colocados en dos hileras de camas y de colchones extendidos en el suelo; dos médicos y varios practicantes iban de un lado para otro afanosamente oyéndose gemidos y quejidos ahogados.
Al entrar el capitán, se detuvo y dirigió la mirada en torno suyo en busca de su oficial.
En aquel momento oyó que le decían con una voz apagada:
—¡Mi capitán!
Se volvió. Era el tamborcillo.