Corazón
Corazón Estaba tendido sobre un catre, cubierto hasta el pecho por una tosca cortina de ventana, de cuadros rojos y blancos con los brazos fuera: pálido, demacrado, pero con sus ojos siempre brillantes, como dos preciosas gemas.
—¿Aquà estás tú? —le preguntó el capitán, extrañado, pero con brusquedad—. ¡Bravo, muchacho! Has cumplido con tu deber.
—He hecho lo que he podido —le respondió el tamborcillo.
—¿Estás herido? —dijo el capitán, tratando de ver a su teniente en las camas próximas.
—¡Qué vamos a hacer! —dijo el muchacho, a quien daba alientos para hablar la honra de estar herido por primera vez, y sin lo cual no se hubiera atrevido a abrir la boca delante de aquel capitán—; a pesar de que procuré ocultarme, no pude evitar que me viesen enseguida. Si no me alcanzan, habrÃa llegado veinte minutos antes. Afortunadamente, encontré pronto a un capitán de Estado Mayor, a quien entregué el papel. Pero me costó gran trabajo llegar después de la caricia recibida. Me morÃa de sed; temÃa no poder llegar donde estaban los nuestros, y lloraba de rabia pensando que cada minuto de retraso se iba al otro mundo uno de los de arriba. En fin, he hecho lo que he podido. Estoy contento. Pero mire usted, y dispense, mi capitán, está perdiendo sangre.