Corazón
Corazón En aquel instante pasó el médico militar, pequeño y regordete en mangas de camisa.
—He aquÃ, señor capitán —empezó a decirle, indicando al muchacho—, un caso realmente desgraciado; esa pierna se habrÃa salvado con facilidad si él no la hubiese forzado tan atrozmente como hizo; se produjo una malhadada inflamación y al fin se le tuvo que cortar para salvarle la vida. Pero le aseguro que es un muchacho muy valiente; no ha derramado una sola lágrima ni se le ha oÃdo ningún grito. ¡Palabra de honor que me sentÃa orgulloso de que fuese un chico italiano! A fe mÃa que es de buena raza.
Dicho esto, prosiguió su camino.
El capitán arrugó sus grandes cejas blancas y miró fijamente al tamborcillo, subiéndole la colcha con precaución; después lentamente, casi sin darse cuenta y sin parar de mirarlo, levantó la mano hasta la altura de la cabeza y se quitó el quepis.
—¡Mi capitán! —exclamó el muchacho, admirado—. ¿Qué hace usted? ¿Es por m�
Entonces aquel rudo militar, que nunca habÃa dicho una palabra suave a un subordinado suyo, le respondió con una voz extremadamente dulce y cariñosa:
—Yo no soy más que un simple capitán; tú, en cambio, eres un héroe.