Corazón

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—Precossi, te concedo la medalla. Nadie más digno que tú para llevarla, no sólo por tu clara inteligencia y la buena voluntad de que has dado pruebas, sino también por tu corazón, por tu valor, por ser un hijo magnífico. ¿No es verdad —añadió, dirigiéndose a nosotros— que también la merece por eso?

—Sí, sí —respondimos a coro.

Precossi movió su garganta como para tragar algo, y giró la mirada por los bancos para expresarnos su gratitud.

—Puedes retirarte, querido muchacho —le dijo el Inspector—, y que Dios te proteja.

Era la hora de salir, y los de mi clase fuimos los primeros. Apenas salimos, ¡quién lo dijera!, vimos en el gran zaguán, precisamente junto a la puerta, al padre de Precossi, el herrero, pálido como de costumbre, con su torva mirada, con el pelo hasta los ojos, la gorra ladeada y tambaleándose.

El maestro lo reconoció enseguida y dijo unas palabras al oído del Inspector, quien se fue presuroso en busca de Precossi, le tomó de la mano y lo llevó a su padre. El chico temblaba. También se acercaron el maestro y el Director, y muchos niños les hicieron corro.

—Usted es el padre de este chico, ¿no es verdad? —preguntó el Inspector al herrero con aire jovial, como si hubiesen sido amigos. Sin esperar la respuesta, añadió:


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