Corazón
Corazón —¡Animo, muchacho! —le respondió el médico volviéndole a poner la mano en el hombro—. Tiene una erisipela facial. Es cosa de cuidado, pero todavÃa hay esperanzas. No le dejes solo. Tu presencia puede serle beneficiosa.
—¡No me ha conocido! —exclamó el chico con desolación.
—Te reconocerá… mañana. ¡Quién sabe! Confiemos que todo vaya bien. ¡Valor, hijo!
El chico hubiera querido preguntarle más, pero no se atrevió. El médico siguió adelante y el niño comenzó entonces su papel de enfermero. No pudiendo hacer otra cosa, arreglaba la ropa de la cama, tocaba de vez en cuando la mano del enfermo, le apartaba los mosquitos, se inclinaba sobre él siempre que le oÃa gemir y, cuando la hermana le llevaba algo de beber, le cogÃa el vaso o la cucharilla y se lo daba él. El enfermo le miraba alguna que otra vez, pero sin dar señales de reconocerlo. Sin embargo su mirada se detenÃa cada vez en su cara, sobre todo cuando se limpiaba los ojos con el pañuelo.